sábado, 19 de marzo de 2016

Memoria de amante

Recuerdos de tu piel dormida, de tal vez la mía, exhaustos del mutuo conocimiento, colgados los jirones de suspiros, de jadeos, en extraños lugares junto a la cama.

Juntos aún en el sueño los labios repletos de sabor ajeno, entrelazadas las carnes armadas de futuros deseos, las manos reposando cerca, muy cerca, del placer compañero y los ojos dormidos repletos  de imágenes de tu cuerpo, del mío, de ambos sin frontera, sin tregua, sin tiempo.

Húmeda la escasa ropa de la cama del rastro de los cuerpos, posiblemente una sonrisa que nada tiene que ver con la alegría.

El pelo revuelto, dormido, enredado en rizos que buscan abrazarse, entrelazarse como si fueran otros brazos, de otros cuerpos. Sueño, si, reparador, precursor de nuevos sueños. Abrazados para no alejarnos, para no perdernos. Juntos, casi unidos, buscando el fundido pleno que la carne demanda. Seguros como el presente de nuevos encuentros.

jueves, 25 de febrero de 2016

Aún me quedará siempre

Aún me quedará siempre por escribir otro verso, por plasmar en palabras ese otro pensamiento nacido el último segundo recorrrido y consciente.

Aún me quedará siempre, cuando me haya ido, poder explicaros con palabras la sensación del camino, del umbral, como es, como ha transcurrido.

Aún me quedará siempre, cuando las palabras me abandonen, la sensación de que tenía que haber escrito palabras que se ha guardado el olvido.

Aún me quedará siempre explicarles a todos los que han estado a mi lado, conmigo, en mi felicidad y en mi duelo, cuanto los he querido.

Aún me quedará siempre el deseo de admirar por última vez aquel paisaje que solo se hacía versos al resonar en lo profundo de mi mismo.

Aún me quedará siempre, para siempre, el ansia insaciable de vivir por saber lo que contiene el futuro, por apurar con delectación el presente, por recordar con dulce añoranza lo vivido.

Aún, con la vida por delante, sin tiempo cierto,

Me quedará, no sé cuánto, no sé cuándo, ignorante de mi propio destino,

Siempre, con la eternidad a mi alcance, ser consciente de ser, de que seré y de haber sido.






Cuestablanca, 22-02-2016

miércoles, 20 de enero de 2016

Es la Hora

Es la hora de partir, todo me sobra. No sé nada del camino, no hay maleta, no hay destino. Conmigo he de llevar solo mi alma, lo que tenga además solo me lastra.
No sé si podré reconocerme, saber que soy, saber que he sido. No sé, por no  saber, si el lugar al que viajo tiene nombre, tiene vida, o si existe
Pero es la hora de partir y he de dejaros, como he de dejar lo que pensé mío, lo que más amo, lo que más odio, lo que creí  haber conseguido
Tengo que partir y tengo miedo, esperanza, desespero. Quiero atisbar por entre el velo pero se muestra, como siempre, impenetrable. Me gustaría contaros lo que me espera, si  es que lo encuentro, si es que a donde voy existe, si es que me encuentro.

Es hora ya, no me entretengo, no está en mi mano, ni está en la tuya, solo es el tiempo, el consumido, el que me aguarda. Un salto de realidad, solo otro inicio, otro instante, otro transcurrir en otro tiempo.

Cuestablanca, 15-01-2016

jueves, 17 de diciembre de 2015

Palabras Sin Sonido

Las palabras que hoy me atormentan
no están en mi boca  o en la tuya,
no están en los libros ni en discursos, 
las palabras que hoy me atormentan
no son más que movimientos
de una boca que las busca, 
una idea que no consigue concretarse, 
balbuceos que quieren, con dolor,  significarse,
un silencio que no quiere ser perpetuo, 
el declive de una mente ya vencida,
inerme, impotente, 
silenciada por su propio mecanismo,
una tumba de presente ya vivido,
de pasado renacido,
de futuro invertido.


Las palabras que hoy me atormentan no tienen sonido,
no tienen cadencia, no tienen sentido.

domingo, 23 de agosto de 2015

Tus ojos

Tus ojos, papá, tus ojos y tus besos son, posiblemente, los recuerdos que más van a perdurar en mi memoria. Esos ojos de mirada perdida, lánguida, atormentada, obcecada o inocente, infantil, según los momentos que la enfermedad nos depara. Esos ojos en los que medir la situación que nos toca vivir, no en cada día que es un espacio de tiempo largo y aleatorio, en cada momento, porque cada momento es una vivencia que en nada se tiene por qué  parecer al momento anterior.
Y tus besos. Esos besos, dulces, ávidos, encadenados que me das a veces cuando al bajarte del coche me abrazas como si fuera una despedida, o los que me das por la noche cuando después de arroparte te deseo las buenas noches y tú intentas transmitirme tu agradecimiento con palabras ininteligibles y trabucadas que no solo a mí me corresponden.
Maldita enfermedad esta que sufrimos, papá, así en plural nada mayestático, porque aunque tú seas el cuerpo doliente esta es una enfermedad colectiva, una enfermedad en la que todos los que estamos a tú alrededor somos pacientes activos lastrados por síntomas de impotencia, de dolor, de sufrimiento por no poder hacer más, de resignación porque todo lo que podemos aportar es para que no empeores sin poder aspirar a que mejores.
Maldita enfermedad en la que ya sufrimos cuando absolutamente enajenado nos increpas como a torturadores sin entrañas, ajenos a tu entorno, despiadados, ya cuando la parte más luminosa de tú interior se asoma, brevemente siempre,  y nos desgarra el pensar que seas consciente, aunque solo sea por un segundo, de tu irreversible deterioro, porque entonces el sufrimiento, el que a ti te suponemos y el que nosotros sentimos llega al dolor del alma, a ese dolor que no se concreta en ningún punto físico pero te lacera hasta que brotan las lágrimas.

Solo en sueños descansamos, papá, solo en sueños y sin esperanzas.

jueves, 20 de agosto de 2015

Al Facho

Vi caer una estrella y al tocar el mar desplegar sus velas, navegar el horizonte la noche entera, pasar junto al camino que la luna riela y sin abandonar el mar, con el alba, con la luz que avisa  al iluminar la tierra, irse apagando, queda, flor luminosa de pétalos aparejados con brillantes cuerdas que marchita el amanecer cuando se llega, cuando lo enciende, cuando releva, luminaria que acoge, que acuna, que pospone hasta una noche nueva la luz y el brillo que marca la imposible frontera que separa al cielo de la mar marinera.

jueves, 13 de agosto de 2015

Puente Sobreira

Ayer estuve en tu puente, papá, en ese puente de piedra, umbrío, oculto entre arboles, silvas y casas en ruinas que tanto significó en tu niñez y en la de tus hermanos. Ese puente al que te acompañé unos meses antes de que tu enfermedad empezara a alejarte de mí y acercarte a su memoria.
Cerca de Faramontaos, en Sobreira, puente que ahora transitan los peregrinos y algún vecino que ocasionalmente precisa de su concurso para cruzar un río de aguas escasas este año, tan escasas que apenas son un encadenamiento de charcos sin corriente entre ellos. Puente ante el que, más allá de flujos y reflujos de su caudal, el tiempo, el recuerdo, la memoria, que tan escasa te es de este momento presente, parecen florecer y hacerse un centro fundamental de los retazos de tu vida que aún no se han ocultado tras el traicionero velo de la enfermedad.
Recuerdo aún con emoción la visita que hicimos. Recuerdo aún tus ojos, tu sentimiento, tus palabras en el momento de visitarlo. “Mi puente”, decías, “mi puente”. Casi como un mantra, como un intento desesperanzado de retener junto a ti lo que se te escapaba, de transferirme la memoria que sentías perder para que yo pudiera perpetuar esa vida que tú tanto añoras. La abuela en su escuela dando clase, los niños de tu época, la casa en la que vivías, vuestras correrías.
Y por eso, para poder cumplir ese deseo, he ido yo ayer hasta el puente. Acompañado de mi hija para que ella sea depositaria de esa memoria que tú quisiste compartir conmigo antes de que se desvaneciera, de que se perdiera en esa maraña de tristeza, de incomprensión, de palabras extrañas con la que tu enfermedad te castiga en tus escasos momentos de lucidez.

Desde Puente Sobreira, papá, te quiero, te recuerdo, te revivo.